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De vuelta y sin esperanzas



 

Miskolc, Hungary  65 gitanos que habían solicitado asilo en Suiza regresan a su ciudad natal al noreste de Hungría. Aquí, a nadie le interesan sus problemas.

A su regreso de Suiza, la familia Galamb se ha vuelto a instalar en su antigua casa. Andras D. Hajdu Andras D. Hajdu

La casa sigue igual que cuando la dejaron, como si nunca se hubieran ido. Como si no hubieran vendido todo lo que tenían hace poco más de un mes para lanzarse a lo desconocido. Los sofás vuelven a cercar la habitación y la mesa vuelve a ocupar su lugar en el centro. La cafetera está lista y el televisor de plasma, que nunca descansa, vuelve a colgar de la pared. Han tenido suerte de poder recuperar los muebles, admite Laszlo Galamb, quien a pesar de haber pagado un buen precio por ellos, vuelve a estar endeudado. También han regresado las preocupaciones: ¿Seguirán recibiendo la ayuda social el mes que viene? ¿Tendrán suficiente para pagar el alquiler? ¿O llamarán dentro de poco los alguaciles y la policía a su puerta?

La tarde del 19 de octubre, Laszlo, de 37 años, su mujer Anita, sus cinco hijos y otras familias gitanas subieron a un autocar para abandonar para siempre su ciudad natal, Miskolc, al norte de Hungría, y pedir asilo en Suiza. Pronto van a demoler sus casas, en un antiguo barrio de trabajadores en el que las calles no tienen ni nombre, solo número. El ayuntamiento quiere ampliar el campo de fútbol cercano y convertir el barrio en un gran aparcamiento. Muchas familias han recibido el aviso de desahucio y ya se han demolido algunas casas. Los gitanos también se quejan de discriminación y racismo por parte de las autoridades y del partido extremista de derechas Jobbik. En la zona hay pocas posibilidades de empleo y si las hay, los gitanos saben que no tienen ninguna posibilidad de conseguirlo.

El alcalde guarda silencio

El autocar llevó a los 65 solicitantes de asilo al centro de acogida Vallorbe, en el oeste de Suiza, donde fueron separados y enviados a Kreuzlingen o Basilea. En la Oficina Federal de Migración (BMF) se aceleró el procesamiento de sus solicitudes. Al llegar, los gitanos explicaron el motivo de su viaje. Luego se les informó de que, como ciudadanos europeos, no tenían ninguna posibilidad de obtener asilo. Hace unos 14 días regresaron a Miskolc. “Claro que estamos tristes, pero teníamos que intentarlo. Existía una pequeña posibilidad de una vida mejor. En casa, ni siquiera tenemos eso”, dice Galamb. También se hace eco de que hace poco uno de los vecinos del asentamiento se suicidó desesperado.

Sobre la mesa se encuentra la resolución de la BFM en la que se rechazan todos los motivos de la solicitud de asilo por no ser relevantes: “Están obligados a abandonar Suiza”. El documento está escrito en alemán, los gitanos no lo entienden. La familia Galamb pasó más de dos semanas en el Centro de Recibimiento y Procesamiento (EVZ) de Basilea, a menudo criticado por las organizaciones de asesoramiento y los medios de comunicación por estar sobrecargado, por falta de atención médica y por contar con guardias de seguridad poco agradables. Sin embargo, fue allí donde Laszlo Galamb sintió por primera vez que le “trataban como a un ser humano”. Todos los trabajadores del centro les trataron con respeto y los guardias jugaron con los niños en el patio. Bianca, la hija menor de 8 años, asiente con la cabeza. Suiza le gustó mucho.

Regresaron en avión hasta Budapest y, desde allí, en tren hasta Miskolc. La BFM cubrió los costes del viaje y encargó a la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) la organización del mismo. A pesar de la ayuda recibida, los migrantes no están demasiado contentos con la OIM. Uno de los trabajadores de la OIM les había prometido un hogar y trabajo en Budapest, afirman. “Seguir viviendo en Hungría, pero no en Miskolc. Eso sería lo mejor para nosotros”, dice Sandor Lakatos, un vecino de los Galamb que también estuvo en el EVZ de Basilea con su mujer. Creían que iban a empezar una vida nueva en la capital y por eso firmaron la renuncia para recurrir la denegación de asilo. Al final lo único que recibieron fue una hoja con las direcciones de organizaciones de ayuda estatales húngaras. Galamb y Lakatos se sienten engañados. Por su parte, la directora de la OIM en Suiza, Katharina Schnöring, afirma que no se les prometió ni trabajo ni alojamiento. En Basilea se les informó “en varias ocasiones de que, como ciudadanos europeos, no tenían derecho a las ayudas al retorno”. La OIM solo facilitó un hogar temporal en Hungría a una madre con nueve hijos.

Las casas del asentamiento gitano en Miskolc son demolidas para construir un aparcamiento. Andras D. Hajdu Andras D. Hajdu

Una semana después de su regreso, Laszlo y Anita Galamb visitaron las oficinas locales de la Unidad de Gestión Inmobiliaria de Miskolc para preguntar si se les proporcionaría otro hogar cuando su casa fuera demolida. Para su sorpresa, la funcionaria fue simpática, pero no les dio esperanzas: la lista de espera para una vivienda comunitaria es muy larga. “¿Sienten que han sido tratados injustamente?”, les preguntó la mujer de la ventanilla. Entonces, deben presentar sus denuncias a la alcaldía.

Sin embargo, el alcalde Akos Kriza no habla sobre el tema. Ni con la población gitana ni con la prensa internacional, aunque esta se plante delante de la puerta de su despacho. Kriza, un compañero de partido del jefe de gobierno, Viktor Orban, tampoco tiene tiempo para este asunto. Su portavoz de prensa, visiblemente molesta, acude al vicealcalde. Peter Pflieger habla alemán perfectamente y lo primero que hace es advertir al periodista de que únicamente debe escribir la verdad. Luego, habla con agradecimiento de los 1,2 millones de francos suizos que Miskolc recibió de la contribución suiza a la ampliación europea: “Con esta contribución hemos limpiado dos arroyos, reconstruido la ribera e incluso salvado a los sapos. Todo ello es muy importante para nuestra ecología”. El ayuntamiento no sabía nada del éxodo de la población gitana, dice Pfliegler: “No echamos a nadie”.

“Estaba tan deprimido”

IEn las casas de las calles con números impera el miedo y la tensión. El gobierno de Orban ha decretado una moratoria para los meses de invierno: hasta el 15 de marzo de 2015 no está permitido desahuciar a nadie. Pero muchos gitanos no lo saben. Jozsefne Molnar cree que debe abandonar su casa a principios de diciembre y está desesperada: la semana que viene dejará sus muebles en la calle y esperará lo que tenga que venir. “No tengo a dónde ir y desde el ayuntamiento no nos dicen nada”, se lamenta. El vicealcalde Pflieger confirma que en los próximos años se demolerá el asentamiento: “Las condiciones de vida del asentamiento son infrahumanas. Los que tengan un contrato de alquiler en regla, recibirán 2,5 millones de forintos (unos 10.000 francos suizos) para poder comprarse una casa en otro territorio”, dice Pflieger. Sin embargo, en la carta de desahucio no se menciona nada de eso. Además, nadie se mudaría voluntariamente a la provincia. Algunos pueblos, como Vilmany, han decaído con el tiempo y la pobreza y la desesperación son aún mayores que en la ciudad.

En todo el asentamiento hay un gran sentimiento desesperación y temor al futuro. Andras D Hajdu Andras D. Hajdu

Piroska Forizs debe abandonar su hogar en mayo. No sabe qué le espera a ella y a sus cinco hijos. Sí, confirma el rumor que corre en el asentamiento de que su marido se suicidó la semana pasada. “Estaba tan deprimido, no sabía cómo seguir hacia delante”. Los dos hijos mayores encontraron a su padre por la mañana, ahorcado delante de su casa. Ahora, esta mujer de aspecto tenue pasea dos bolsas de plástico llenas de comida. Pagó con lo último que le quedaba. Con esta comida la familia debe sobrevivir durante una semana, quizá más.


Published July 2015
first publication (original article): 26.11.2014 (Tages-Anzeiger)




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