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Encallados en el bosque



 

Nador, Morocco  Sueñan con el paraíso y acaban en el infierno: para muchos jóvenes africanos el viaje a Europa termina en Marruecos. Si hubieran sabido lo que les esperaba, nunca hubieran partido.

A menudo el último obstáculo en el camino hacia Europa - una valla alta. Pascal Mora

El paraíso está a sus pies. Lo puede ver desde el monte. Cada día, aunque llueva o esté nublado. Lo tiene tan cerca.

Ha recorrido miles de kilómetros desde que dejó a su familia en Gabón. Ha atravesado el desierto y cruzado muchas fronteras. Nunca había estado tan cerca y a la vez tan lejos de su objetivo. La tierra prometida nunca había parecido tan inalcanzable como desde aquí. «No puedo más. Estoy cansado», dice Lapapy mirando al vacío y con cara contraída.

Si Lapapy es su verdadero nombre o si en realidad viene de Gabón es lo de menos. En el monte Gurugú no importa el ayer ni tampoco el hoy. Aquí solo se habla del mañana. Mañana podría ser el día que Dios ha elegido para él y los demás. «Le jour de Dieu», como dicen ellos, el día de Dios, en el que consiguen llegar al otro lado. Esta es la única creencia que ha impedido que su esperanza se convierta en desesperación.

La infraestructura de la miseria

El bosque del monte Gurugú, en Melilla, es uno de los lugares donde se acumula la esperanza de África. No la del África pujante, sino la de los que creían que no tenían nada que perder. Llegan a millones, desde hace años. Enviados por sus familias, que han puesto todas sus esperanzas en ellos. Las mismas esperanzas que no pueden enterrar aún cuando ya estén agotadas.

Al principio llegaron los malíes, luego los centroafricanos, los chadianos, los marfileños, los senegaleses, los nigerianos, los cameruneses y los congoleses. Nadie sabe ya quién construyó los primeros refugios ni quién apiló las primeras piedras para construir muros para los vivaques. Ni a quién pertenecían los primeros potes de metal oxidado en los que cocinan lo poco que consiguen mendigando en Nador y Beni Ensar. Y nadie sabe cuántos más habrá que sigan utilizando esta estructura de la miseria en el futuro.

No se sabe cuántos refugiados viven en el monte Gurugú. Según las estimaciones que un oficial de la Guardia Civil dio al diario «El Mundo» en marzo de 2013, son unos 4000. Un rebaño encallado, gestionado por traficantes de personas y funcionarios de aduanas corruptos en un círculo desolador.

Cuánto más cerca están de Europa, más peligro corren. El último obstáculo de estos jóvenes que provienen de todos los rincones de África Occidental y Central es la valla que cerca Melilla. Para ser más precisos: las tres vallas, de hasta 7 metros de altura, con todos los impedimentos técnicos posibles (desde alambre de espino, pasando por detectores de movimiento hasta aerosoles de pimienta automáticos). Por valor de 20 millones de euros, estos primeros postes exteriores encierran la fortaleza Europea.

Si el día de Dios ha llegado, lo saben cuando están en la valla. Cuando se despliegan a centenares, con escaleras hechas a mano, armados con piedras y palos. Algunos desnudos e incluso untados con sus propios excrementos para intimidar a las Forces Auxiliaires marroquíes y a la Guardia Civil española. Aún así, la mayoría se queda colgando en el baluarte que los oficiales de la Guardia Civil describen como «verdaderamente infranqueable». Pero siempre hay algunos que lo logran.

Trepar la valla es su última esperanza. El camino de aquellos que ya han jugado todas sus cartas con el traficante exprés. Las rutas para atravesar los desiertos y las fronteras del norte de Marruecos están tan organizadas como los asaltos a la valla fronteriza. El «viajero» (así se llaman los propios refugiados) tienen derecho a uno o más intentos en función de lo que hayan pagado. Los funcionarios de aduanas encuentran africanos escondidos en maleteros de vehículos o en dobles fondos de furgonetas casi a diario. Otros recorren las últimas millas entre Nador y Melilla por mar. Muchos viajes terminan aquí, porque muchos refugiados se ahogan en los vehículos por culpa de los gases de escape o en el mar.

Los que son capturados, son devueltos a la frontera con Argelia y abandonados en el desierto. Aún así, poco después la mayoría vuelve a estar en Nador para poner en marcha el plan B: la valla. Lapapy lleva dos años en el bosque y ya lo ha intentado cuatro veces. Una vez incluso consiguió llegar a la puerta del campo provisional de refugiados en territorio español, donde por ley tiene derecho a un abogado y a un juicio justo. Pero lo cogieron y lo repatriaron, cuenta el joven de 23 años. Y no es el único.

Los españoles compran a los marroquíes

«Creíamos que en Europa las leyes valían para algo», dice un joven marfileño. Según lo que cuentan los hombres del monte Gurugú, las autoridades españolas cambiaron las reglas durante el juego. Tocar suelo europeo ya no es sinónimo automático de seguridad. Según Lapapy, los españoles pagan a los marroquíes, para que quiten a los refugiados de las vallas.

Antes, en los años 80, era relativamente fácil cruzar las fronteras de Marruecos para llegar a los países colonialistas de Europa. Sin embargo, desde mediados de los 90, Europa se rearma continuamente. Aún así, la muerte de los muchos jóvenes africanos en la valla, en el agua o por los golpes de porra de la guardia fronteriza, no ha desalentado a las corrientes de africanos a emprender su aventura.

De vez en cuando Europa toma nota de la situación, como ocurrió en 2013 con un alarmante vídeo de la Guardia Civil que corrió como la pólvora. O como cuando 2005 refugiados fueron arrollados repetidamente en las vallas de Ceuta y Melilla. 14 murieron y centenares fueron heridos. Y aún así, miles consiguieron llegar al otro lado de la valla.

De episodios como este se alimenta el mito que atrae a miles de africanos al norte. El mito de las puertas abiertas al paraíso, el mismo que en Marruecos se destapa como un callejón sin salida infernal. «Si hubiera sabido lo que me esperaba aquí, me hubiera quedado en casa», dice Fofana Raphael de Togo. El resto asienten cansados.

Los hombres del Gurugú no han dejado sus casas porque fueran perseguidos. No se esconden. Lo que ellos llaman «Migration volontaire», nosotros lo llamamos refugiados económicos: personas sin derecho a Europa, porque nadie les va a matar allí de donde vienen, sino que se les va asfixiando lentamente con un vacío económico. Han ido a la escuela, saben utilizar un ordenador, a menudo hablan una lengua extranjera, pero para ellos no hay oportunidades en un África que trabaja codo con codo con gobiernos corruptos para explotar empresas extranjeras. Los hombres del Gurugú no son estúpidos, saben lo que está pasando.

«Vosotros, los europeos, sois tan responsables de nuestra situación como nuestros gobiernos», dice Lapapy. Sobre todo, los franceses deberían reconsiderar su política en África; en eso coinciden todos los que están en el monte. «París controla la política de al menos 15 estados africanos”, comenta un camerunés. «En el pueblo es en lo último en lo que piensan.»

1000 euros por una vida ¿Volveríais a casa si os pagaran el vuelo y os ofrecieran 300 euros?, les pregunto. Niegan con la cabeza. A los 1000 euros algunos empiezan a asentir. Médicos Sin Fronteras ha documentado lo que sufren los subsaharianos en Marruecos. La conclusión: cuanto más se prolonga el camino hacia Europa, más vulnerables son. Viven en condiciones precarias al raso o en los barrios pobres de Rabat y Casablanca. Reciben palizas, son violados, les roban; fechorías cometidas en su mayor parte, aunque no solo, por las fuerzas de seguridad. La policía pasa casi cada día por el monte Gurugú.

Pero no solo las fronteras de Europa empiezan en África, los europeos también han relegado el trabajo sucio a sus vecinos del sur asumiendo que los derechos humanos serán violados. A un socio tan importante como Marruecos en la lucha contra la indeseada inmigración más bien se le mima y no se le critica.

«Marruecos es el infierno», así la sentencia unánime del bosque. Sin embargo, son pocos los que piensan en regresar. Sus familias han invertido dinero en ellos y el viaje, dice Fofana. Si regresa con las manos vacías, «la he jodido. No me queda otra. En serio. Tengo que llegar a Europa.»

En casa, en Camerún, en Nigeria o donde sea, no conocen la verdad. Sus familias no saben nada de la vida vegetal en los refugios o en los bloques de piedras, no les cuentan que pasan hambre ni que reciben palizas, ni les hablan de las vallas y las cicatrices. En las escasas llamadas que hacen con los padres o hermanos les aseguran que todo va bien, que pronto van a llegar. Sus perfiles de Facebook fingen normalidad. En la realidad virtual viven en Casablanca o en Rabat, cuelgan bromas o versículos.

«No quiero que mi familia se preocupe», dice Fofana. De todas formas, nadie creería lo que están viviendo. “Si yo fracaso, no significa que mi hermano no lo pueda conseguir”, dice Lapapy. «Al contrario, para él es un reto.»

Los que llevan un tiempo aquí, ya saben cómo funciona todo. William, de Camerún y de solo 23 años, es un veterano. Sin sus intermediaciones y su protección no nos podríamos haber dejado ver en el monte. Nos hizo una lista de las cosas que nos pagarían el acceso al monte: pan, conservas, vendajes, cigarros.

La pura verdad

William también vivió durante casi dos años en el bosque. Éll también intentó trepar la valla en repetidas ocasiones hasta que en su, por ahora, último intento tropezó con un obstáculo al huir. Llegó gravemente herido a Rabat, donde Caritas y una organización para refugiados se hicieron cargo de él. Su objetivo sigue siendo Europa, «pero no tengo prisa”, nos cuenta.

Se ha unido junto con otros inmigrantes subsaharianos para hacer pública la inmigración clandestina en Marruecos. Han fundado la asociación Alecma con el objetivo de disuadir a los africanos para que abandonen el sueño de Europa. En su blog, los activistas de Alecma alertan de los peligros que conlleva el viaje al norte. «Es hora de empezar a decir la verdad», cree William.

La verdad y 1000 euros quizá son más útiles que vallas cada vez más altas y una represión cada vez más dura. Tal vez todos los expertos y políticos deberían darse una vuelta por el monte Gurugú y observar el paraíso desde el infierno. Allí donde cada revisión de las leyes de asilo suena a broma pesada.

Los hombres que viven ahí, lo van a intentar. Una y otra vez. Hasta que lleguen al otro lado o mueran. Hasta que llegue el día que Dios ha elegido para ellos.


Published September 2015
first publication (original article): 11.10.2013 (Tages-Anzeiger)




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