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Tan lejos, tan cerca

Para los migrantes, Italia es solo el principio



 

Milano, Italy  La legislación europea obliga a migrantes y refugiados a quedarse en Italia o a seguir su camino al margen de la ley.

Migrantes y solicitantes de asilo se comunican con sus amigos y familiares en un centro de acogida de refugiados improvisado en la estación central de trenes de Milán. Silvia Giannelli

Un día de agosto abrasador, el centro de acogida de refugiados de la estación central de Milán está abarrotado y se respira un ambiente sudoroso y bullicioso. Tres mujeres italianas que trabajan para la administración municipal reparten refrescos, sándwiches de Nutella y cookies a las constantes oleadas de recién llegados. Varias madres sirias intentan consolar el llanto de sus bebés, mientras niños con ropas andrajosas se entretienen con los juguetes donados a la guardería improvisada del centro.

Algunos jóvenes eritreos se amontonan en los cuatro ordenadores disponibles. Escriben a sus familiares y amigos en Facebook para decirles que han llegado bien a Europa y buscan mapas para planear la siguiente etapa de su viaje. “En Italia no hay suficiente trabajo y el gobierno no ayuda a los refugiados. Demasiados duermen en el parque”, cuenta Abraham, un joven de 27 años que huyó de Eritrea, un país cuyo gobierno está acusado por las Naciones Unidas de violar repetidamente los derechos humanos. Abraham, cuya identidad no se desvela para mantener la seguridad de sus familiares en Eritrea, quiere irse de Italia hacia un país europeo con más oportunidades de empleo e integración social y que le permita llevar una vida normal.

Sin embargo, según la Convención de Dublín, una ley europea que establece que las solicitudes de asilo deben tramitarse en el primer país europeo de llegada del solicitante, solo se le permite solicitar asilo en Italia y no en otro país de la Unión Europea.La realidad de Abraham y de muchos otros miles de personas que han llegado a Europa a través de peligrosas rutas de tráfico de personas es la de verse obligados a actuar al margen de la ley.

La combinación de condiciones desfavorables en Italia, como la alta tasa de desempleo, y de leyes que limitan el desplazamiento de migrantes y refugiados hacen que las personas que necesitan protección y que quieren llegar a un país europeo en el que tendrán mejores oportunidades para volver a empezar sus vidas tengan que viajar, una vez más, de manera ilegal. Y muchos lo hacen. En 2014, unas 170 000 personas procedentes, en su mayoría, de Siria, Eritrea y Somalia, entraron a Italia por el Mediterráneo. Sin embargo, las autoridades de inmigración italianas solo registraron 63 456 solicitudes de asilo.

La mayoría de los que han llegado a Italia por mar en estos últimos dos años desaparecieron del sistema de asilo italiano y volvieron a aparecer en países del norte de Europa, sobre todo, en Alemania y Suecia, los miembros europeos con el mayor número de solicitudes de asilo. La semana pasada, en respuesta al creciente número de refugiados que se desplazan del norte de Italia, la policía alemana exigió la reinserción de controles fronterizos europeos internos.

Donde sea, excepto Italia

Este segundo desplazamiento de refugiados desde Italia hacia los países del norte está motivado por el deseo de llegar a un país con un mercado laboral más fuerte y que ofrezca ayudas sociales, según cuenta Demetrios Papademetriou, presidente del Migration Policy Institute Europe (Instituto Europeo de Políticas Migratorias), un centro de investigación sin ánimo de lucro con base en Bruselas.

La tasa de empleo alemana, del 4,7 por ciento, es la más baja de la UE y la de Italia, del 12,7 por ciento, la más alta. El sistema de ayudas sociales alemán, dice Papademetriou, ofrece educación y oportunidades formativas a los refugiados, ambas inexistentes en Italia debido a la falta de infraestructuras. “La mayoría de los refugiados no quieren quedarse en Italia”, comenta, y añade que muchos refugiados a menudo prefieren encontrar un lugar en el que “les será posible asentarse e iniciar una vida productiva no solo para ellos mismos, sino también para sus familias”.

En Italia, los solicitantes de asilo deben esperar seis meses hasta que se les permite acceder al mercado laboral mientras que en Alemania pueden trabajar de forma legal a los tres meses, y en Suecia pueden ponerse a trabajar inmediatamente después de que se haya registrado su solicitud de asilo. Pero la mayor diferencia entre los países miembros de la UE aparece cuando se les concede el derecho de asilo.

En Italia y Alemania, los refugiados con derecho de asilo tienen los mismos derechos que el resto de ciudadanos. En Alemania eso significa acceso a las ayudas sociales, prestaciones familiares, ayudas económicas y cursos para aprender el idioma, así como otras formas de ayuda a la integración.

En Italia es otra historia, cuenta Luca Bettinelli, un experto en políticas migratorias de Caritas Ambrosiana, una organización cristiana sin ánimo de lucro que ofrece alojamiento a refugiados en Milán. “El sistema de seguridad social en Italia ni siquiera es bueno para los ciudadanos italianos”, dice. “Si nunca has trabajado, no tienes derecho a las prestaciones por desempleo”. Además, añade que los refugiados tienen pocas posibilidades de encontrar empleo porque se ofrecen muy pocos cursos para aprender el idioma y sin hablar italiano es muy difícil poder trabajar.

Con miedo a ser transferidos por la Convención Dublín

Hay más de 93 000 personas con derecho de asilo en Italia y se estima que hay otros 46 000 solicitantes de asilo, es decir, personas que han solicitado el derecho de asilo y a las que se les ha concedido una protección temporal mientras se revisan sus solicitudes. Los que deciden abandonar el país europeo por el que han entrado para desplazarse a otras destinaciones europeas ignorando la Convención de Dublín se enfrentan a graves consecuencias. Farah Said Ahmad, un joven de 33 años que huyó de la guerra civil en Somalia, es uno de ellos.

Migrantes y solicitantes de asilo se comunican con sus amigos y familiares en un centro de acogida de refugiados improvisado en la estación central de trenes de Milán. Silvia Giannelli

En su largo viaje desde Somalia cruzó el desierto del Sáhara, Libia y el Mediterráneo. Fue rescatado en el mar por la marina italiana y transportado a la ciudad siciliana de Catania. A su llegada, el 25 de mayo del año pasado, las autoridades italianas le tomaron las huellas y guardaron sus datos en Eurodac, la base de datos para identificar a los solicitantes de asilo y otras personas que cruzan las fronteras de forma no autorizada.

Tras unos días en Catania, se dio cuenta de que quedarse en Italia quizá no era la mejor idea. “Encontré a otros somalíes en el mercado y me dijeron: ‘Aquí la vida no es buena. Es mala. No tienes donde dormir. No te dan dinero. No te dan trabajo. Lo mejor es que te vayas cuanto antes’”, contó Ahmad en un encuentro de refugiados en Berlín. “Por eso decidí dejar Italia y venir a Alemania”.

Sabía que obtener el derecho de asilo en otro país europeo no iba a ser fácil por la Convención de Dublín; pero al mismo tiempo, estaba convencido de que quedarse en Italia significaba renunciar a la oportunidad de tener una vida normal. Al cabo de menos de dos semanas de haber llegado a Italia, Ahmad se subió a un tren rumbo a Alemania y solicitó asilo en Berlín consciente de que estaba violando las leyes europeas.

El funcionario de inmigración alemán encargado de su solicitud vio de inmediato en Eurodac que a Ahmad le habían tomado las huellas en Italia antes de llegar a Alemania y desestimaron su solicitud antes de revisarla. Él apeló con la esperanza de que las autoridades alemanas reconsideraran su solicitud. Durante un año vivió en Berlín en alojamiento proporcionado por el estado esperando una respuesta a su apelación.

El mes pasado las autoridades le mandaron una carta indicándole que podía ser deportado en cualquier momento. Sin embargo, hasta ahora, no lo han hecho y sigue en el alojamiento sin saber que le depara el futuro. Si las autoridades alemanas ejecutan su deportación, será uno de los transferidos por la Convención de Dublín, un solicitante de asilo cuya petición ha sido desestimada conforme a la Convención de Dublín y que será devuelto al país por el que entró a la UE.

En el último año, un total de 4772 personas fueron transferidas de Alemania a otros países europeos de conformidad con la Convención de Dublín. Entre ellos, 782 fueron deportados a Italia según los datos proporcionados por la Oficina Federal de Migración y Refugiados de Alemania.

Ahmad ni se replantea volver a Italia. Está intentando encontrar a un abogado que le ayude a persuadir a los funcionarios en Berlín para que revisen su solicitud de asilo. Dice que después de haber sobrevivido un peligroso viaje por el Sáhara y haber cruzado el Mediterráneo en un barco inflable de goma, no puede renunciar a la oportunidad de una mejor vida. “En Italia no hay dinero. No hay casa. No hay trabajo”, dice. “Si la vida en Italia fuese buena, no hubiese venido [a Alemania]”.

La trampa de las huellas dactilares

De haber sabido evitar que le tomaran las huellas al llegar a Italia, hubiera tenido más probabilidades de que las autoridades alemanas revisaran su caso. Según la legislación europea, deben tomarse las huellas a los solicitantes de asilo y a toda persona que cruce las fronteras de forma no autorizada, pero en Italia estas leyes no se siguen al pie de la letra.

En una entrevista reciente con la prensa local, el Ministro del Interior italiano, Angelino Alfano, afirmó que algunos inmigrantes se niegan a ser identificados en Italia y admitió que los funcionarios de inmigración, que desean respetar los derechos humanos de los migrantes, no pueden obligarlos a dejarse tomar las huellas.

Abraham, el joven eritreo de Milán, dice que antes de salir de Libia ya sabía que no debía dejar que las autoridades italianas le tomaran las huellas. Dejó Libia el 30 de julio, fue rescatado en el mar dos días más tarde y trasladado a un puerto de Sicilia.Allí, los funcionarios de inmigración italianos le interrogaron junto con los otros 350 inmigrantes rescatados y exigieron tomar las huellas a los recién llegados, sin ningún resultado.“Nos dijeron que no era voluntario”, recuerda Abraham. “Pero cuando todos dijimos: ‘No queremos’ y las mujeres y bebés se pusieron a llorar, nos dejaron”.

Comenta que de las personas que fueron rescatadas con él, la mayoría eritreos, solo tomaron las huellas a cuatro. Según Riccardo Clerici, uno de los responsables de protección jurídica del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados en Italia, no se trata de una práctica poco habitual.

“Desde el 2014, las autoridades se enfrentan a una situación muy concreta: la llegada de cientos de personas de determinadas nacionalidades al mismo tiempo, que desembarcan en puertos normalmente no equipados para este tipo de operaciones y que se niegan en masa a ser identificados”, dijo, refiriéndose a los ciudadanos sirios y eritreos.

Ahmad desearía haberse negado a que le tomasen las huellas en Italia. En Alemania hay 16 904 personas que, al igual que él, están esperando a ser transferidas a otros países europeos por la Convención de Dublín. Entre ellos, 4574 esperan ser transferidos a Italia.Cuenta que su única esperanza cuando se fue a Alemania era encontrar las condiciones de vida básicas que no le ofrecían ni Somalia ni Italia. Pero cada día que pasa en su precaria situación, va perdiendo la esperanza.

“No sé qué va a ser de mí”, dice Ahmad con lágrimas en los ojos. “Voy en busca de una vida mejor y aún así no la encuentro”, dice. “Hay días en los que no paro de llorar y otros pienso en suicidarme”.


Este artículo fue publicado originariamente en Al Jazeera America y recibio el segundo premio de hostwriter collaboration prize 2015.


Published October 2015
first publication (original article): 10.08.2015 (Al Jazeera America)




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